domingo, 14 de marzo de 2021

Crecer no es gratis.

Crecer cuesta. Evolucionar requiere tremendo esfuerzo. La superación personal es algo a lo que todos deberíamos apuntar. Estar en esta vida sin avanzar es tremendo desperdicio.

La mayoría de la gente coincide con estos argumentos y te felicitan por cada paso que das hacia adelante.

Ahora que pasa cuando de tanto pensar, de tanto replantear, de tanto reinventarte, llegas a un casillero del juego al que pocos pueden acceder.

Mirás alrededor para compartir un nuevo descubrimiento, un nuevo quiebre personal, pero no hay casi nadie. Querés interactuar, nutrirte de los contrapuntos de quienes tenés cerca, y en verdad se hayan cada vez más lejos. Sigue habiendo cariño, no perdiste la capacidad de empatizar, más por dentro sentís que hablan idiomas diferentes.

Entonces te planteas para qué buscar la evolución, si al final no hay con quien compartirla. De qué sirve darle alas al espíritu, si en el cielo no viven las personas. ¿Cuál es el sentido de perseguir la mayor pureza en el amor, si vamos a ser los únicos en querer de ese modo?

Y ahí flaqueás... te tentás con la idea de ser una oruga más del montón, en lugar de la que formó un capullo en el árbol. Fantaseás con una vida de poco pensamiento, poco replanteo, poca evolución. Ser feliz sin cuestionar nada. Amar como venga, de manera imperfecta, de manera egoísta, de manera dolorosa y desleal. ¿Si la mayoría puede, porqué yo no?

Por un segundo te creés capaz, casi que comprás que es posible... Entonces te das cuenta que todo es parte de un nuevo planteo y que de la conclusión surgirá un nuevo estadio de tu evolución.

Ya superaste hace tiempo la etapa de aceptarte.

No hay vuelta atrás.

Crecer cuesta horrores. 

Sí.




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